22 de Junio 2026

Me he contagiado de la fiebre mundialista. Fuera de ver a nuestra selección con orgullo, portar el tricolor como escudo de protección y esperar ansiosamente el partido en el que Gil Mora por fin mete su primer gol para nuestro país, hay una frase que resuena en la mente de cada mexicano.

¿Y si sí?

Tres palabras, tres sílabas, pero una infinidad de sentimientos. Y es que, a pesar de que esta frase se haya propagado por todos los medios, redes sociales y conversaciones sobre México en este mundial, hay una verdad intrínseca de la que el ser humano no puede huir: la posibilidad de que la ilusión se vuelva realidad. 

¿Y a que me refiero? Bueno, a los 22 años nunca pensé que tendría la oportunidad de ver un Mundial. Mucho menos pensé que mi país sería, por tercera vez en la historia, sede de la cumbre del deporte. Pero a pesar de mi falta de ilusión, hace una semana tuve la oportunidad de entrar al Azteca y sentir cómo el estadio cobró vida. De ver a mis hermanas mexicanas y a mis hermanos mexicanos en las gradas, tomando sus chelas, entonando el Cielito Lindo y creando olas de amor por México que hace mucho pensé que habían dejado de existir.

No soy la única que entró a este mundial con los atormentos del pasado. Donde esas cosas chingonas que el Chicharito nos dijo que nos imagináramos se esfumaron en la ceguedad de un árbitro que marcó un penal equivocado, o en una maldición de un quinto partido, que, por más que sea inexistente, cobra vida en el momento en que los mexicanos respiramos con miedo.  

Pero ante esa incertidumbre, abrimos nuestro Mundial con un gol de nuestro delantero, Julián Quiñones, quien nos enseñó que dejar el miedo no es una decisión que se toma de la noche a la mañana, pero que siempre se puede tomar. Veran, Quiñones aterrizó en el fútbol mexicano como un  joven en el 2015, jugando para el equipo sub-20 de Tigres, y tras años de obstáculos e incertidumbre, adquirió la nacionalidad mexicana, lo que culminó en hacer de ese lugar extraño su hogar. Aunque es colombiano de nacimiento, Julián juega por nuestro país por convicción. Por amor  a la tierra que lo arropó e impulsó a perseguir su destino. 

Continuamos esta campaña ante nuestro segundo rival, Corea del Sur, que hace tan solo unos años nos revitalizó el sueño mundialista en 2018. Y aunque desde entonces los hemos coronado como hermanas y hermanos mexicanos, ellos llegaron a este mundial con increíble dedicación, fuerza, disciplina y el sueño de campeones. Por noventa minutos, vimos a ambos equipos con hambre de alcanzar el mismo objetivo. Pero por más preparación que uno tenga, ese partido nos demostró que los sueños se alcanzan con convicción y acción en la cancha. Nuestro Luis Romo lo demostró al aprovechar el error del arquero Kim Seung-Gyu y sumar un gol más para nuestro país. 

Y aunque he relacionado esta frase con lo que hemos vivido en las canchas en las últimas semanas, también la veo reflejada en otra realidad a la que creo que es importante, como ciudadanos, que tengamos al frente cuando pensamos en el estado actual de nuestro país. 

La visibilidad internacional que el Mundial le ha dado a México ha centrado, frente a los estadios, a los colectivos de madres y familias que aún buscan a sus familiares desaparecidos. No es ningún dato nuevo. En el primer trimestre de 2026, el 61,5% de los adultos en 91 ciudades consideró inseguro habitar la ciudad donde vive, una cifra que no ha bajado del 60% en los últimos años. Tampoco lo es que México supere ya oficialmente las 133 mil personas desaparecidas, ni que cientos de familias se vean obligadas a excavar con sus propias manos en fosas clandestinas, buscando lo que las autoridades no han buscado por ellas. 

Y es aquí donde esta frase vuelve a cobrar sentido. Si con ella nos atrevemos a soñar con ser campeones, con esa misma fuerza tendríamos que atrevernos a preguntar: ¿Y si creemos que el cambio se logre no solo en el fútbol, sino también en el país que les prometemos a todos los mexicanos? ¿Y si decidimos que hoy, en México, ninguna ausencia nos sea indiferente?

Creo que él, “¿Y sí, sí?” Ha cobrado vida en estas últimas semanas, no porque requiera que los mexicanos fantaseemos esperando que llegue el Pato Merlín a darnos esa Copa del Mundo. Si no, porque, como mexicanos, somos personas que utilizamos la realidad de nuestra situación como propulsor para seguir adelante.

Si algo hemos visto en la retórica de este verano, en cada paso de este mundial hemos tenido muy en claro las desilusiones del pasado, pero eso no nos ha impedido creer que el 19 de julio tenemos la posibilidad de coronarnos campeones mundiales. De la misma manera, me exijo no voltear la vista al otro lado ante las protestas y los llamados a la acción de las familias buscadoras. En ellas tenemos la capacidad de empatizar y de tener una razón clara para exigir más a nuestros gobiernos, gobernantes, comunidades y a nosotros mismos. 

“¿Y si sí?” Es una frase que nos recuerda que el cambio, claro que requiere acción deliberada, pero también requiere la posibilidad de ilusionarse y de cambiar la narrativa que uno tiene sobre su realidad. Espero poder ver a nuestro país campeón este verano; si tan solo imaginarme que pasará en México ese día me pone la piel chinita. Y hemos visto cómo esta meta nos ha unido como mexicanos en las últimas semanas. Pero debo reconocer que si somos capaces de creer en el sueño de que México pueda levantar una Copa del Mundo, también somos capaces de imaginar un México diferente. Un México en el que nadie está abandonado; un México que demanda más de nosotros, y nosotros, a nuestro turno, demandamos más de nuestro país. No porque sea un sueño lejano desdibujado por las dificultades y los fracasos del pasado y del presente, sino porque esa realidad está mucho más cerca de lo que podemos imaginar.

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